Emilio Laguna (CIEF): “El ecosistema funciona como una red cooperativa con cientos de especies”

Biólogo de formación y director del Centro del Centro para la Investigación y Experimentación Forestal, Emilio Laguna Lumbreras, explica en esta entrevista con InfoSOS cómo han cambiado las políticas de restauración de los ecosistemas y repoblación forestal, una de las actividades del CIEF, un centro dependiente de la Conselleria de Medio Ambiente en el que trabaja medio centenar de personas. Creado en 2005 juega un papel clave en la gestión de sistemas forestales y conservación de la flora y en el acompañamiento a la investigación de centros y universidades.

El CIEF es el único centro en España en el que se integran los bancos de germoplasma (cualquier parte de la planta de bosques que puede generar una nueva planta) y viveros forestales y el banco de germoplasma de flora rara, endémica y amenazada. Su banco de semillas forestales ha pasado de unas pocas especies “a más de 150 en tres décadas”, mientras que el de semillas de especies raras, endémicas o amenazadas “permite cultivar más de 700 hierbas y pequeños arbustos en peligro de extinción”, dice Emilio Laguna. En paralelo, el centro desarrolla otras labores que incluye participar en proyectos LIFE, la catalogación, cuidado y protección de árboles monumentales y singulares en la Comunidad Valenciana o proyectos de restauración ecológica y sanidad forestal. 

El banco de semillas forestales nació con el objetivo de “reunir semillas del máximo posible de especies y conservarlas para que pudieran abastecer, tanto la producción de planta que iba a necesitar la Generalitat en sus reforestaciones y restauraciones de ecosistemas, como viveros privados que las adquieren a precio de coste”, explica Laguna. Su catálogo facilita semillas certificadas de distintas variedades y lugares.

Esta variedad encaja con los nuevos modelos de repoblación, donde se introducen hasta 20 especies contrastando con el modelo monográfico de hace 40 o 50 años. Entonces, recuerda este experto, se apostaba por “especies extremadamente rústicas como las distintas especies de pino que tenemos y como mucho, por la presión que se generó en década de 1970 o 1980 para tener madera o para frenar la erosión, con la introducción de la encina, alcornoque, el quejigo o el melojo”. 

“El avance ha sido que cuando se trabaja en la restauración de ecosistemas y repoblación forestal, lo que se hace es introducir mucha diversidad” porque esas especies necesitan de la participación de otras que forman su sotobosque (como el durillo o madroño) y las que forman en el nivel superior el dosel arbóreo. De este modo, “la biodiversidad que debía llegar de manera natural a lo largo de un siglo, la hemos puesto directamente, y con el desarrollo del bosque lo hace su sotobosque y esto lleva detrás todas las relaciones ecológicas”, asegura.

El nuevo modelo evita crear los “ecosistemas imperfectos por la falta de mecanismos de resiliencia de hace tres o cuatro décadas” debido a la uniformidad de especies que las hace más vulnerables, por ejemplo, a una plaga. La biodiversidad “hace que se genere un menor impacto para la especie atacada”, ya que “el ecosistema funciona como una red cooperativa donde trabajan todos para todos y no pueden ser dos especies, son realmente cientos de ellas entre la flora y la fauna”, subraya.

También la uniformidad hace a los bosques “más sensibles a los incendios, cambio climático o sequía excepcional” como la de este año donde “están muriendo árboles a mansalva”, explica. “Y si la masa forestal es un pinar muy homogéneo y la especie que está padeciendo es el pino, pues desaparece toda la masa forestal, pero si está mezclado con otras especies, tienes más probabilidades que la masa resista”, concluye.

Artículo de Kati Ferrero.

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