La Universidad Miguel Hernández busca el abono del futuro: pastillas con microorganismos biodegradables

Un proyecto de la Universidad Miguel Hernández (UMH) busca que más de quince «recetas» con ingredientes que combinan microorganismos con nutrientes ricos en nitrógeno, fósforo y potasio se conviertan en pequeñas pastillas biodegradables que se descompongan poco a poco y se transformen en el mejor abono para multitud de plantas.

Así lo ha explicado José Sáez, personal investigador del departamento de agroquímica y medioambiente de la UMH, parte del proyecto financiado con fondos europeos ‘Eco-bio-fertipellets’, que busca que el uso real de estas pequeñas pastillas, cambiantes en función del tipo de suelo y de la especie vegetal para la que va dirigida, sea equivalente al de los fertilizantes comerciales.

Sáez resalta que, más allá de su menor huella ecológica respecto a otros abonos, estos ‘pellets’ se descomponen de manera lenta, lo que permite a las plantas nutrirse durante más tiempo y adquirir los nutrientes poco a poco.

Estas pastillas buscan convertirse así en referentes del abono, en contraposición con los purines porcinos, los alperujos y las podas agrícolas, más contaminantes, ya que «muchos de ellos se eliminan mediante la quema, lo que emite gases de efecto invernadero que aumentan el cambio climático».

El investigador de la universidad ilicitana incide en que, para mejorar su calidad, los investigadores incorporan microorganismos específicos de forma controlada y posteriormente se transforman en pequeños comprimidos sólidos, los llamados pellets, a los que se incluyen ingredientes minoritarios que aumentan la riqueza de nitrógeno, fósforo y potasio.

Asimismo, el proyecto intenta reducir el uso de fertilizantes de síntesis química, al tratarse de una alternativa que puede sustituirlos o complementarlos.

 Para distintos tipos de suelo y diversas plantas

Sáez destaca que estos ‘pellets’ cambian en función del tipo de suelo en el que se cultivan estas plantas, así como también diferencian los vegetales para los que están hechos, y por eso hay hasta quince combinaciones distintas.

Así, comenta que en función del suelo y la planta para la que se realizan, durante el proceso de ‘peletización’, los microorganismos se mezclan con elementos ricos en nutrientes y se ajustan las dosis de aplicación.

Se consigue, de esta manera, un proceso de descomposición de «asimilación lenta», esto es, «que se va deshaciendo poco a poco y aporta al cultivo los nutrientes según van necesitándolo», asevera Sáez.

Así, algunos de los elementos vegetales que incorpora son alpechín -la mezcla del agua utilizada para lavar las aceitunas y del agua que las propias aceitunas tienen-, los residuos de las podas de almendro o numerosos estiércoles de cabra y de vaca, residuos vegetales que posteriormente «se combinan con el componente nutritivo».

 Incorporar las lombrices al proceso nutritivo

Aunque no es parte del proyecto financiado por la Unión Europea, estos investigadores también estudian cómo las lombrices pueden «eliminar los compuestos tóxicos» de los residuos vegetales, a la par que «aportan contenido en actividad enzimática, que es muy interesante, y participan en los ciclos de los macronutrientes».

El investigador señala que a estos pequeños animales se les deja trabajar sobre los abonos porque «maximizan los nutrientes y eliminan los elementos tóxicos», por lo que, de alguna manera, «limpian» el abono para que este pueda «maximizar» posteriormente su efecto sobre las plantas.

Por último, sostienen que al conocer que las lombrices pueden degradar muchos componentes, también están intentando ver si las lombrices pueden degradar microplásticos, un estudio que, por el momento, ha dejado como conclusión que eliminan el 10 % de estos elementos a los 90 días.