
La “extremización de los fenómenos extremos” es uno de los procesos que está viviendo la región Mediterránea fruto del cambio climático, asegura la coordinadora del área de Meteorología y Climatología del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo, Samira Khodayar. Este fenómeno implica que los fenómenos extremos -olas de calor, lluvias torrenciales, por ejemplo- son más frecuentes, intensos o extensos en el tiempo, como consecuencia de la “mayor energía contenida en el sistema” meteorológico. Por eso, reclama medidas de prevención, pero también de adaptación de los municipios a las nuevas circunstancias climáticas, porque el nivel de preparación actual, lamenta, está «muy por detrás de lo que realmente necesitaríamos implementar”. Eso sí, señala que las propuestas estratégicas de adaptación son “fundamentalmente locales, porque dependen muchísimo de las características de la región”. Y para que puedan tomarse estas decisiones con toda la información, el Centro de Estudios Ambientales ha puesto en marcha la herramienta CEAMMEV, una plataforma desarrollada por el área de Meteorología y Climatología con un visor interactivo especializado en la visualización de datos meteorológicos de la región mediterránea. Busca, explica Khodayar, “proporcionar un apoyo clave en la toma de decisiones y en la planificación estratégica de diversos sectores”.
P.- Hace unos meses, los expertos reunidos en la I Conferencia de Expertos en Cambio Climático y Territorio en el Mediterráneo Ibérico reclamaron un observatorio sobre los efectos del cambio climático con sede en la Comunitat Valenciana. ¿Cuál es su opinión?
R.- En la Comunitat Valenciana hay una gran cantidad de expertos que tratan esta temática desde puntos de vista muy complementarios y hay centros, como el Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo, cuyo objetivo fundamental es la investigación científica de los fenómenos extremos en la región Mediterránea, particularmente en la Comunitat Valenciana. Mi opinión es que no debemos caer jamás en la duplicidad de servicios, pero lo que sí es, a lo mejor, necesario es generar transversalidad, complementariedad de actividades, investigaciones y de trabajo en común con el foco en estas problemáticas.
P.- ¿Cuáles son o hacia dónde se orientan las últimas investigaciones del CEAM? ¿La dana las ha hecho variar hacia las catástrofes medioambientales?
R.- Todo lo que nosotros hemos hecho en el pasado va en esta línea de trabajo, en los fenómenos extremos. Pero la concurrencia de estos fenómenos sí que es una línea que estamos investigando últimamente: muchos de los que afectan a la región mediterránea suelen tratarse de manera independiente, cuando también sufrimos la concurrencia y la secuencia. Por ejemplo, durante el verano aquí concurren olas de calor y sequía y eso favorece los incendios forestales. O concurren las temperaturas muy altas en el mar Mediterráneo, que favorecen las precipitaciones, y la sequía del suelo, que favorece la escorrentía, y ambos factores aumentan la probabilidad de inundaciones.
Pero sí tenemos nuevas líneas de investigación. Por ejemplo, en el mes de mayo presentaremos una herramienta que se llama CEAMMEV, una plataforma con un visor interactivo especializado en la visualización de datos meteorológicos de la región mediterránea que recopila toda la información meteoclimática, datos sobre los eventos extremos, observaciones del pasado y también escenarios futuros. Busca proporcionar un apoyo en la toma de decisiones y en la planificación estratégica de diversos sectores. Además, estamos desarrollando con la Consellería de Medio Ambiente el plan de adaptación a calor extremo en la Comunitat Valenciana, con el foco en la capacitación, la comunicación sobre la adaptación frente a temperaturas extremas.
P.- En alguna otra ocasión se ha referido a un concepto, el de la “extremización de los fenómenos extremos”, la mayor intensidad y frecuencia de estos fenómenos. ¿Cómo va a afectar a lo que entendemos por estaciones?
R.- Sufrimos un cambio constante en las condiciones en las que vivimos, pero hoy además un cambio acelerado de estas condiciones. Y esto, ¿qué quiere decir? Que las condiciones que nos rodean favorecen que haya, por decirlo de alguna manera, más energía en el sistema. En fenómenos como las precipitaciones torrenciales, que se sufren en mayor grado en la vertiente mediterránea, por ejemplo, esa energía se libera en formas cada vez más extremas. Por eso las lluvias torrenciales se dan en un periodo más corto de tiempo, pero con igual o más agua, lo que produce desastres asociados como las inundaciones.
Otro dato interesante es el de las olas de calor, que se producen más frecuentemente en el interior, pero hasta con un 65% más de intensidad cuando se producen en la costa. Paralelamente, encontramos unas temperaturas nocturnas cada vez más altas, tanto que podríamos hablar de olas de calor nocturnas. En el área de Climatología también estudiamos el efecto isla de calor en las ciudades, que pueden llegar a tener una temperatura de hasta 5 grados más que las zonas rurales o suburbanas próximas. En este sentido, estamos trabajando para crear una red de sensorización térmica y de humedad en la ciudad de València, como lo hemos hecho ya en Alzira, para generar mapas de vulnerabilidad en la ciudad, mapas térmicos para orientar las políticas de edificación o renaturalización.
P.- En este contexto de “extremización”, ¿danas como la del pasado octubre serán más intensas, más frecuentes, ambas cosas o seguirán siendo como hasta ahora?
R.- En general, hablamos de una intensificación, un aumento de la duración, un aumento de la frecuencia, pero no siempre es así. Además, el cambio climático no es responsable de todos estos fenómenos que ahora ocurren, que son característicos de la climatología de la región. Lo que sí ocurre es que ahora son cada vez más extremos porque, por hacer una metáfora, el combustible en el sistema, la energía ahora mismo es mayor. En el Mediterráneo vivimos la paradoja de la precipitación: durante las últimas décadas observamos un descenso medio de los acumulados sobre la Península Ibérica y, paralelamente, la extremización de los fenómenos más extremos, particularmente en la vertiente mediterránea. Hay que destacar además la gran variabilidad espacial de la precipitación: por ejemplo en la Confederación hidrográfica del Júcar Segura, en las últimas décadas observamos un aumento en la precipitación en las zonas costeras, mientras que en las cuencas interiores se observa una disminución de entre un 30 y un 40%. Todo eso en un contexto en el que hablamos siempre de un verano cada vez más largo, un verano extendido, con una dilución de las estaciones medias, de la primavera y el otoño que nosotros conocíamos.
P.- ¿Qué medidas de adaptación y prevención se pueden tomar en una zona que ya ha sido afectada por un fenómeno extremo como la dana?
R.- Desgraciadamente, cuando en un área se sufre este tipo de fenómeno tan extremo, tan devastador, con consecuencias socioeconómicas tan graves, ya se genera una conciencia del peligro. Hay que entender y conocer la región en la que vivimos y los riesgos meteorológicos y climáticos que la afectan y nos afectan, incluso en decisiones como si coger el coche o no, salir a correr o no, llevar a los niños al parque o no, para generar una posibilidad de autoprotección. Además, hay que prevenir, por supuesto, siempre generando conocimiento científico, y posteriormente hay que avanzar en la generación de sistemas de alerta de alerta temprana, correctos, adecuados, una monitorización de todas las situaciones. Pero también hay que crear ciudades y regiones resilientes a estos cambios. En el caso de las temperaturas extremas, por ejemplo, crear espacios verdes, edificios preparados para estas circunstancias y en general renaturalizar y reverdificar nuestras ciudades. En el caso de las lluvias torrenciales, concienciar a la ciudadanía ante el peligro o crear un contexto de conocimiento adecuado: desde la ingeniería y obra hidráulica hasta cualquier cuestión relacionada con sistemas de alerta.
P.- ¿Hasta qué punto estamos preparados en la región mediterránea para estos fenómenos extremos?
R.- Hay que destacar que ahora mismo no hay una ordenanza común en cuanto a adaptación desde el punto de vista europeo. Eso implica que las decisiones sobre adaptación son locales. Estamos, eso sí, en un momento en el que la gente es más consciente de los riesgos y hay una mayor preocupación social. Pero estamos todavía muy por detrás de lo que realmente necesitaríamos implementar para estar preparados para toda esa casuística. No hay que olvidar también que cada verano sigue habiendo muchísimas muertes asociadas a las temperaturas extremas. Y también es muy importante destacar que todos estos fenómenos afectan a todos los sectores socioeconómicos prioritarios para la región, por ejemplo, a la agricultura, porque a mitad de siglo esperamos una una pérdida de agua de entre un 20 y un 30% en la zona mediterránea, al turismo o a la pesca. El problema se da a nivel global y, salvo casos muy locales y muy particulares, todavía el planeta no está preparado, con excepciones como Japón, con relación a la actividad sísmica, o Estados Unidos con el tema de los huracanes. Pero la adaptación es fundamentalmente local porque depende muchísimo de las características de la región, ya no solo desde el punto de vista físico, geográfico, sino también socioeconómico.
Artículo de Marta Rojo
InfoSOS, por un mundo sostenible.




